Archive for 18 junio 2009

Periplo Demencial (o cómo tardar cinco horas en llegar a un lugar que está a 20 minutos)

junio 18, 2009

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Amiguetes,

Hoy voy a explicaros cómo tardar cinco horas en desplazarse de un lugar a otro, estando éstos separados por una distancia de apenas veinte minutos. Al primero le llamaremos Manderlay y al segundo le llamaremos Springfield. Es fácil y si seguís mis instrucciones al pie de la letra, no tendreis problemas e, incluso, podreis tardar mucho más. Por pasos:

1.- Levántate a una hora prudencial, después de haber asistido el día de antes a todo sarao al que te hayan invitado.

2.- Coge el primer autobús que pase por la única parada que conoces en el pueblo que te vió nacer. Por supuesto, no mirarás horarios: te irás a la parada y esperarás a que pase. Que pasar, pasará.

3.- No bajes hasta la última parada, aunque observes por la ventanilla que el pueblo al que te diriges va quedando atrás y a la derecha y el autobús ni se acerca.

4.- Una vez el bus alcance su destino, sea el que sea, baja, dirígete a la ventanilla de información y pregunta “el bus de Springfield, dónde para?”. Es muy importante que no digas el nombre completo y, sobre todo, que no hagas distinción entre “Springfield el pueblo” y “Springfield la playa”.

5.- En información te remitirán a una parada que, por supuesto, será la que va a la playa, puesto que tú quieres ir al pueblo.

6.- Súbete al bus cuando llegue (cincuenta minutos después de tu llegada) y paga el billete religiosamente sin preguntar si va al pueblo o a la playa.

7.- Cuando veas que todo el mundo va con sombrillas, bañadores y demás utensilios sospechosos, acércate al conductor y pregúntale si para en el pueblo. Te dirá que no, pero te dará palique. Te explicará que cuando llegues a la playa… blablabla… Te preguntará si fumas, si tienes novio, si vives aquí, a qué te dedicas…

8.- Pon cara de tonta. A estas alturas, eso no es difícil. El conductor te dirá que no te preocupes, que es su último turno y que en vez de bajarte en la playa llegues con él hasta la última parada, que es en Urville (pueblo a menos de 15 minutos de donde hemos salido) y que te llevará en el coche de empresa a donde sale el microbus que va a Springfield. Te fías, porque no parece muy peligroso. Y, qué coño, no tienes ni idea de dónde estás ni de cómo salir de allí.

9.- El conductor te acercará a la parada, que no estaba tan lejos y podrías haber ido andando, y después de pedirte en matrimonio, bajará contigo, le contará tu periplo al conductor y te ahorraras un billete. En el nuevo autobús, formato furgoneta de reparto pero amarilla, los pasajeros son: Una boliviana gorda como si le fuera la vida en serlo, dos niños normales o señores muy bajitos (no lo tengo muy claro), dos señoras con batas floreadas y tú.

10.- Cuando llegues a Springfield, por fín, el nuevo conductor te avisará de dónde tienes que bajar. Tú das las gracias y bajas. Son casi las cuatro, pero tienes un hambre que matarías, así que vas a un Mercadona, que divisas a lo lejos, compras zumo y empanadillas y buscas una plaza donde sentarte a la sombra.

11.- Hay dos bancos a la sombra y en uno hay un señor tumbado y roncando. Ocupas el otro. Sacas el periódico, el zumo y las empanadillas y montas un picnic improvisado.

12.- Terminas, tienes que acudir a tu cita (de trabajo) y no sabes donde estás.

13.- Llamas a un amigo, le dices que mire en internet la dirección que necesitas y ya, de paso, que mire si hay una forma más sencilla de llegar desde Manderlay a Springfield.

14.- Efectivamente, la hay: a diez minutos caminando desde donde estás hacia la derecha, hay una parada de metro que te deja EXACTAMENTE en una parada de autobús que va al Manderlay. Tiempo estimado de trayecto: 20 minutos.

15.- La dirección a la que vas está a tres minutos caminando hacia la izquierda.

16.- Aguantas como una campeona una diserción de tu colega sobre tu habilidad para hacer las cosas sencillas de la manera más complicada y de cómo todo lo conviertes en un periplo demencial. Le dices que sí, que tiene razón, que se acuerde de que habeís quedado para cenar, que luego le llamas y que te vas al cole.

17.- Aún no sabes cómo, acabas viendo el partido de España contra Nosequién en un bar de otro pueblo distinto, pero que está pegado al anterior. Gol de Villa.

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Fascinada Me Hallo

junio 11, 2009

No voy a decir nada. Vamos a ponernos cómodos, a beber como cosacos y a comentarlo. Por favor. NECESITO que hablemos de ésto.

Regreso a Manderlay…

junio 9, 2009

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He vuelto (temporalmente) a Manderlay, como bien sabeis los que frecuentais el Flamingos. Manderlay es un lugar especial. Es el culo del mundo. Pero es un culo junto al mar. Con un sol bien majo, una playa con dunas  y una alta densidad de bares  por metro cuadrado. Y está mi mamá, que hace la mejor fideuá del mundo y me mima como nadie.Y además, mi primo el pequeño ha sido papá.

Los motes en mi familia son para toda la vida. Mi primo el pequeño ya es padre, y sigue siendo “mi primo el pequeño”. Que tú llegas a casa y te dicen que tu primo ha sido padre. Y dices: ¿Qué primo?. “El pequeño”. Y tú ya sabes de quien es el crío.  Desconoces quien es la madre, porque la última vez que viste a tu primo el pequeño, era realmente pequeño. Pero ya sitúas genéticamente al recién llegado.

Si algo somos en mi familia poniendo motes, como habeis podido comprobar, es originales. Eso no se nos puede negar. Está mi tía la vieja, mis tíos los chiquiticos, mi tío el vago, mi tía la puta, mi primo el gilipollas, la gorda, el cojo… Somos muy sutiles, en mi familia, con los motes. Y huímos del chiste fácil, de lo obvio, de lo evidente… Somos elegantes, coño. Porque sabemos de la importancia de un buen mote. No es lo mismo llamar a tu tía “la bragas sueltas” que llamarla finamente “tu tía la puta”. No se si notais el matiz. Os pongo otro ejemplo: Mi primo el gilipollas. Es realmente gilipollas. Y claro, entre llamarle “tu primo el gilipollas” y llamarle “tu primo el escaso de razón y entendimiento”… pues optamos por el ingenioso “el gilipollas”. Y claro, gana mucho.

Eso sí, no lo decimos nunca a la cara. Porque no queremos que se sientan condicionados a comportarse a la altura de las expectativas que despiertan sus motes. No por otra cosa. Si mi primo es gilipollas, pues es gilipollas naturalmente. ¡Y es nuestro gilipollas!

Flamingos Bar

junio 8, 2009

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Bienvenidos a mi bar, amiguetes.

El baño está al fondo a la derecha, las copas son gratis y no cerramos hasta que el último apaga la luz. Así que yo creo que nos lo vamos a pasar majamente, hablando de lo que nos rote y riéndonos de todo. No hay reglas, ya sabeis, pero nos reservamos el derecho de admisión en caso de trolls, pesados, impertinentes varios o asistentes no deseados, sin que tenga la dirección del bar ninguna obligación de dar explicación alguna. O, lo que viene a ser lo mismo, que aquí entra quien nosotros queremos. Y punto pelota.
Los de casa teneis llaves y podeis poner la música que querais a la hora que os de la gana.
Por decreto ley, tendrán que abonar sus consumiciones, y dejar una propinilla (llámalo propinilla, llámalo impuesto revolucionario) de cien mil millones de leuros, todos aquellos que no les de la risa tonta solo con escuchar las frases “puta, puta, puta, sin ser yo nada de eso”, “me han puesto droja en el cola cao” o “¿le digo que pase?”.
Lo único que es obligatorio traer son las ganas de pasarlo bien un ratillo, el sentido del humor y el buerrollismo. Las energías negativas, el aburrimiento existencial, la trascendentalidad impostada y el sentido del ridículo, por favor, los dejen en los contenedores que hay en la puerta, dispuestos allí para tal fin.

Y sin más que añadir (de momento) pasen y vean, amigos…

¡¡Pasen y vean!!