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Una vida sin Navidad… ¿Sueño o utopía?

diciembre 26, 2009

Sí, ya lo se. Ya se que no soy nada original, pero odio la navidad con todas mis fuerzas. Pocas cosas en el mundo odio tanto como la navidad. Quizás las lentejas. Bueno, las cosas redondas y pequeñas en general. O las pelis de Medem. Incluso a Medem, si me apurais. O a Ismael Serrano, Amaia Montero o Carlos Goñi. Y a algunos modernos, claro (no me obligueis a dar nombres). Pero bueno, tengo mis razones para odiar la navidad. Agunas de ellas las podeis leer aquí, donde Amiga Adorable lo explica perfectamente. Pero yo he venido aquí a hablar de mi libro. Bueno, no. He venido aquí a dejar por escrito que a mí no me vuelven a pillar. Se acabó. Me planto. Éste es el último año. Tengo un plan perfecto para el año que viene. Un plan para una No Navidad. Y al año que viene lo pienso poner en práctica y me la suda todo.

PLAN PERFECTO Y ALTERNATIVO PARA UNA NO NAVIDAD


día 22 de diciembre: No habré comprado ni un solo décimo de lotería, ni habré guardado ninguna de las participaciones que te regalan en los bares, kioskos o droguerías. Me levantaré tarde y, sin poner la tele, me tomaré mi café con leche de todos los días y leeré los periódicos. No veré el telediario para no ver a la mujer histérica de todos los años gritando delante de la administración de turno, ni a su marido de todos los años (digo yo que será su marido) echándole champán a los periodistas (que se creerá gracioso, el tío), ni a la lotera  de todos los años con el papel que pone que allí se ha vendido el gordo. Pa gorda tu puta madre, lotera.  Como mucho, encenderé el feisbu, pero en modo desconectado. Para que nadie pueda hablarme y decirme que lo importante es la salud. Desconectaré el teléfono, para que no me llame mi madre a ver qué he hecho ni me diga que si me acuerdo de Mujer Cualquiera, que le ha tocado algo porque le vendieron un número a su hija en el trabajo y que lo que va a hacer con el dinero es tapar algunos agujeros. Paso. Veré una peli que no tenga nada que ver con la navidad, acariciaré a mi gata y me dormiré tranquilamente. Igual como mandarinas. Perdón, clementinas. Que las mandarinas tienen pitas.

día 24 de diciembre: Me levantaré más tarde todavía que el 22 y no me quitaré el pijama en todo el día. No iré al super a comprar “las cuatro cositas que faltan”, porque no me faltará nada porque no cenaré nada especial. Apagaré el móvil para que no me lleguen sms de esos grupales que le llegan a toda la lista de  contactos  del remitente. Desconectaré el fijo para que no me llamen ni mi madre ni mi tía ni nadie. No habré comprado regalos para nadie ni habré hecho nada con mis propias manos. Obviamente, ni habrá árbol ni belén ni papá noel colgado del balcón. Cenaré algo de infantería, como huevos fritos con patatas. O huevos rotos. Que podría estar comiendo huevos rotos toda la vida. Veré una peli en la que no salga un cascarrabias al que se le aparecen tres fantasmas y se hace bueno, comeré clementinas y me iré a dormir.

día 25 de diciembre: Me levantaré cuando me salga de los cojones, no encenderé ni el móvil ni el ordenador ni ningún artefacto que permita a alguien localizarme. Cerraré la puerta con llave y desconectaré el timbre. No abriré mi correo para no tener que ver todas las felicitaciones absurdas de amigos, conocidos y desconocidos. Odio especialmente las de hijos disfrazados de pastorcillo o papá noel y las de duendes verdes bailones con la cara de un amigo. Escuchadme todos bien: las primeras NO son adorables  (y vuestros hijos no se merecen eso. Ni yo tampoco) y las segundas NO son divertidas. Basta ya. No comeré nada que se parezca, ni remotamente, a un cocido. Veré alguna serie y me quedaré dormida cuando mi cuerpo lo necesite. No se si quedarán clementinas, así que posiblemente coma frutos secos.

día 31 de diciembre: Obviamente, no me habré comprado un modelito especial con el que estar monísima ( e incomodísima) y cagarme de frío (Nunca he entendido por qué los vestidos de noche vieja son siempre de tirantes. Es como si los bikinis fueran de cuello alto). Obviamente tampoco habré comprado uvas, ni champán, ni ropa interior roja. Porque, obviamente, no habré quedado con nadie ni voy a ir a una de esas fiestas absurdas donde ellas van disfrazadas de mujeres sofisticadas y ellos siempre acaban con la corbata atada en la frente y toreándose los unos a los otros con la americana. Se cenará lo que me apetezca ese día (probablemente alcachofas) y de postre, cualquier fruta que no se presente en formato racimo. No creo que recuerde ni dónde dejé el móvil, así que no voy a preocuparme porque nadie me moleste. Veré alguna peli de miedito, abrazaré a mi gata y comeré chocolate. No me enteraré de que son las doce de la noche ni de que ya hemos cambiado de año. Me dormiré en el sofá, pero me la suda. No pienso levantarme ni a mear.

día 1 de enero: Me levantaré temprano, pero no mucho para no cruzarme con los últimos borrachos, y saldré a desayunar churros con chocolate. Después, pasearé al solete (porque hará solete) y me sentaré en algún sitio tranquilo a leer un cómic molón.  Cuando empiecen a aparecer las primeras familias con hijos a comer fuera, me iré a mi casa. Allí, veré cualquier peli de catástrofes naturales o animales peligrosísimos tras haber sufrido algún tipo de mutación por experimentos secretos. Me comeré los churros que me han sobrado del desayuno y que me habré llevado en una servilleta.

día 5 de enero: Habré puesto contra la  la puerta de la entrada, cerrada con llave y sin timbre ,cualquier mueble mas grande que yo y que sea capaz de arrastrar solita. Así, en caso de que alguien con llave de mi casa haya tenido la genial idea de venir a ver si me ha pasado algo, no podrá entrar. Veré Lost (por fin) desde el capítulo uno hasta que mi cuerpo lo permita. Comeré y beberé todo lo que me apetezca y no habrá por ningún lado ni rastro de algo envuelto en papel de regalo. Ni en papel de periódico. Ni en nada de nada. Cerraré la puerta del balcón y pondré en el cristal cinta americana como si estuviera a punto de tocar tierra un huracán de grado cinco. Así, si hay algún gracioso que quiera venir a dar por saco, no tendrá nada que hacer más que llamar a los bomberos para que le bajen de nuevo con la escalera molona esa que tiene un balcón al final. El roscón no entrará en mi casa ni de coña. Por no haber, ese día no habrá nada redondo con agujero. Ni donuts. Me iré a dormir cuando me rote y feliz de la vida porque al día siguiente ya habrá pasado todo. Y porque ya no volverá a ser navidad hasta dentro de un año. ¡¡Un año enterito!!

Porque lo mejor de la navidad es eso: que cuando se acaba, falta mucho para que llegue de nuevo. Y da tiempo de olvidarla.